El lado oscuro de la invención del teléfono

 

Una vez que el telégrafo empezó a extenderse, cambiando radicalmente el mundo de las comunicaciones, el siguiente paso era obvio: la búsqueda del “telégrafo parlante”. Eso significaba encontrar un modo de convertir en sonidos los impulsos eléctricos.

Esto sucedió en 1876. Aunque todos tenemos en mente el nombre de Alexander Graham Bell, la cosa no es tan sencilla. El 14 de febrero de 1876 Elisha Gray -un inventor de origen humilde al que se le considera el padre del sintetizador de música- presentaba la documentación de su invento en la oficina de patentes en Washington al tiempo que Bell, en Boston, hacía lo propio. La solicitud de Gray llegó a la oficina de patentes unas pocas horas antes que la de Bell, pero los abogados de Bell insistieron en pagar la tarifa de solicitud de inmediato: como resultado, la oficina registró primero la solicitud de Bell, que fue aprobada y registrada oficialmente el 7 de marzo. Tres días después, Bell hizo la famosa llamada a su ayudante con la que demostró la viabilidad de su invento: «Sr. Watson, venga aquí. Quiero verle».

La puesta de largo del teléfono se celebró en la Exposición ecuménico de Filadelfia en junio de 1876. Entre los asistentes estaba el físico William Thomson (más tarde sería conocido como Lord Kelvin, que había amasado rápidamente una pequeña fortuna gracias a unas patentes en el campo de la telegrafía y que, como buen vividor que era, se la había pulido durante una fugaz estancia en París. Fue él quien llevó el teléfono de Bell a Inglaterra.

Sin embargo el modelo que aparecía descrito en la patente no era práctico. Solo tras un profundo rediseño de la idea original Bell fue capaz de fundar un teléfono que podía producirse a gran escala. La Bell Telephone Company comenzó a funcionar el 11 de julio de 1877 y ese mismo mes el primer teléfono comercial llegó a Europa, que lo presentó en Plymouth por el ingeniero jefe de la Oficina General de Correos, William H. Preece, en presencia del propio Bell.

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