jóvenes atrapados en cuerpos de ancianos

Los jóvenes catalanes de entre 20 y 29 años tienen una incidencia de coronavirus de más de 2.000 casos por 100.000 habitantes. Es una cifra absolutamente disparatada: la media española (muy preocupante) roza los 300; la catalana, los 600; la de Barcelona, los 700. Por encima de 250 el riesgo es «muy alto». La mayoría de los jóvenes que se contagian, aunque no estén vacunados, no enfermarán gravemente. Para muchos haber pasado el covid-19 será solo una anécdota.

Pero un 10% de los que tengan síntomas leves, aproximadamente, desarrollarán covid persistente: esa enfermedad con la que conviven cerca de 1.900 personas en Catalunya y que consiste en vivir, día a día, con los síntomas más agudos del coronavirus. «Cada vez hay más gente joven en nuestro colectivo», advierte Sílvia Soler, portavoz del Col.lectiu d’Afectades i Afectats Persistents per la Covid-19. Esta es la historia de tres veinteañeros y un adolescente, todos ellos miembros del colectivo, que padecen covid persistente. 

Sheila Lozano, 24 años: «Pensaba que serían 15 días; llevo así más de un año»

«Es como si estuviera atrapada en un cuerpo de 80 años». Sheila Lozano, enfermera, se contagió trabajando durante la primera ola, cuando tenía 23 años. 16 meses después sigue de baja. «Tengo astenia, artromialgias [dolor articular y muscular], dolor torácico y muchas taquicardias. Me ahogo muy fácilmente y sufro palpitaciones. Además, desarrollé hipotiroidismo. Me estoy inflando mucho: tomo siete u ocho pastillas diarias», explica esta joven de Albinyana (Tarragona).

Sheila pasó, el abril de 2020, un covid leve. «Yo pensaba que serían 15 días. Pero, por desgracia, no fue así. Pasé 40 días en casa aislada porque los síntomas no remitían». En aquel momento se desconocía por completo el covid persistente. «Ahora sabemos que, pasados los primeros 10 o 14 días, ya no contagias», relata Sheila. No le llegaron a hacer PCR porque en aquel momento no había, pero una serología tiempo después reveló que había pasado el covid-19. Y, aunque se plantó en verano con los síntomas de la enfermedad, el médico le dijo que remitirían poco a poco.

No fue así. Sheila se reincorporó al trabajo en agosto, donde duró apenas tres semanas. «Los síntomas no solo no se fueron, sino que se agravaron. No podía conducir, me mareaba. Creían que me había recontagiado, pero no: la PCR salía negativa». Era covid persistente. Y así hasta hoy.

En el Institut Guttmann de Badalona sigue una rehabilitación cognitiva porque también tiene «déficits de memoria, alteraciones de la atención». «Mi vida ha cambiado completamente. Me siento una carga para mi gente ahora mismo. Me siento muy limitada en mi día a día y no puedo hacer planes de un día para otro», cuenta. Pero lo que más le preocupa, dice, es no saber cuándo se va a recuperar y si se va a recuperar al 100%.

Tim Py, 27 años: «No he vuelto a ser yo mismo»

Él pasó el covid-19 en la primera ola «como una gripe fuerte». Tim Py, de 27 años ahora, no ingresó en el hospital. «Fueron dos semanas, pero luego notaba que no me recuperaba, como si esa gripe nunca se fuera», dice este joven que, antes de la pandemia, tenía dos trabajos: instructor de deportes acuáticos y profesor de Teología Protestante. Ahora, por la fatiga cognitiva que sigue sufriendo más de un año después, tuvo que dejar el trabajo en el instituto. «Quise reincorporarme el mayo pasado, pero a las dos horas me daba dolor de cabeza y no podía seguir», cuenta Tim.

Sí ha podido mantener su trabajo como profesor de deportes acuáticos, pero su vida, reconoce, «ha cambiado». «Siento que este último año no he podido ser yo mismo, el de antes. No he podido pensar con la misma claridad, he tenido el 50% de la energía», explica con tristeza. Antes quedaba mucho más con los amigos, estaba metido en «proyectos de bricolaje, excursiones, senderismo» que tuvo que abandonar. Y los que mantuvo, como el surf, ha sido con mucha menos energía. La rehabilitación en la Guttmann le ha dado un «chute». Pero la «niebla mental» no cesa. «El covid es una enfermedad mucho más complicada de lo que sabemos. Puede generar secuelas que aún desconocemos», zanja.

Carla Martínez, 27 años: «He llegado a olvidarme de en qué año estoy»

«O voy a comprar o me ducho. Las dos cosas no puedo hacerlas. En todo caso, siempre me tienen que llevar las bolsas». Lo explica Carla Martínez, de 27 años y vecina de Cardedeu. Esta enfermera se contagió de covid-19 en la primera oleada. Llegó a ingresar en el Hospital de Can Ruti (Badalona) con síntomas «respiratorios» y cardiológicos. El problema es que, una vez le dieron el alta, Carla siguió teniendo síntomas. Más aún: no podía moverse de la cama. «Estuve cinco meses sin poder moverme de la cama. Iba a las visitas médicas en silla de ruedas», relata.

Carla necesitaba ayuda hasta para ducharse. «Era como si me hubiera pasado un camión por encima, las piernas me fallaban». En julio la derivaron a la primera unidad de covid persistente de Catalunya, ubicada en el Can Ruti. Allí se encuentra con más pacientes como ella, tras meses de que los médicos no supieran explicarle qué le estaba ocurriendo.

También a ella la rehabilitación en el Institut Guttmann la ayudó a mejorar, aunque no a curarse. Comenzó a hacerla en noviembre. «Sobre todo me han enseñado a controlar la energía que tengo. Si tengo un brote, no puedo ir a comprar y ducharme. Tengo que elegir». El covid persistente abarca una gran variedad de síntomas y, si bien hay pacientes que los sufren de manera más continua, otros tienen episodios brotes. Carla tiene síntomas continuos y brotes más agudos. «Tengo dolor y fatiga diarios, pero días con brotes de fiebre y entonces ya no puedo ni salir de la cama».

En Can Ruti continúa haciendo una «rehabilitación respiratoria» y «cognitiva». Porque más de un año después, Carla, como muchos enfermos, sigue sintiendo mucha fatiga. «Si leo media hora, me duele mucho la cabeza. Y la niebla mental hace que te olvides de muchas cosas. He llegado a olvidarme de en qué año estoy», asegura. Da gracias por poder, a día de hoy, «caminar media hora». «Aunque sigo teniendo febrícula tres o cuatro veces a la semana», precisa. Parte de la rehabilitación se la ha tenido que pagar ella misma porque «las instituciones públicas no están aún preparadas para esta enfermedad».

La madre de Marc Torrent, 13 años: «Está yendo al psiquiatra»

Además de deterioro físico, el covid persistente tiene otra cara: el bajonazo anímico. Marc Torrent, de 13 años y vecino de Almacelles (Lleida), se contagió el pasado enero y a día, de hoy, no quiere hablar del tema. Quien cuenta esta historia es su madre, Imma Solà. «Cuando veo las imágenes de gente de fiesta me enfado mucho. Yo le diría a esa gente que venga a ver cómo ha llegado a estar mi hijo».

Marc padece un tipo de covid persistente diferente al de la mayoría: sufre lesiones cutáneas en los pies que, durante muchos meses, le dificultaban mucho caminar. Andaba, pero lo mínimo. Iba a la escuela en patinete y volvía en coche. Tampoco podía hacer ciclismo, su deporte favorito. «No se podía ni calzar», asegura la madre. El niño está ahora en tratamiento psiquiátrico. «Solo se pregunta: ‘¿Por qué a mí?’. Y no habla del covid-19». Fue capaz de seguir yendo al instituto (aunque con ausencias), pero muchas veces no podía acabar las clases.

Cuando Marc se contagió, los padres no entendían por qué no se recuperaba. «Se ahogaba, tenía un cansancio terrible. Y cada semana le salían unas 15 ampollas en cada pie, similares a las de la varicela», relata la madre. El niño también sufría resfriados que duraban 48 horas y que luego se iban, lo mismo que contracturas musculares.

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«La situación física y mental de Marc era muy mala. Y fui a Can Ruti. Ellos fueron mi salvación porque con rehabilitación empezó a mejorar», cuenta Imma satisfecha. Hace dos meses Marc volvió a subirse a la bici. «Pero el primer día se pasó y tuvo 39 de fiebre y tres días de vómitos y diarreas», añade.

Aunque el niño aún no está recuperado de covid persistente, la cosa avanza. Eso sí, la madre cree que le costará recuperarse de las «secuelas psíquicas». Los enfermos piden no frivolizar con una enfermedad que sigue causando muerte y sufrimiento.

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